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junio 12, 2026

El espejismo de la lucidez artificial: por qué la fe ciega en la IA generalista es el mayor peligro del derecho moderno

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La intersección entre la innovación tecnológica y la ciencia jurídica ha dejado de ser una proyección futurista para convertirse en una realidad inmediata. Esta transformación está redefiniendo tanto las aulas universitarias como los tribunales de justicia. Sin embargo, la rápida adopción de herramientas digitales ha venido acompañada de una preocupante ingenuidad metodológica, especialmente entre las nuevas generaciones de profesionales del derecho.

El acceso masivo a los Modelos de Lenguaje de Gran Escala (LLM) de carácter generalista ha generado una falsa sensación de omnipotencia cognitiva en las facultades de derecho. En un entorno dominado por la inmediatez, se confunde con frecuencia la capacidad de producir textos fluidos con el verdadero razonamiento jurídico. Estudiantes y profesionales enfrentan una trampa silenciosa: delegar el análisis crítico a sistemas entrenados para predecir palabras, no para interpretar normas ni ponderar principios jurídicos.

Esta automatización irreflexiva no solo empobrece la formación académica, sino que también erosiona la rigurosidad técnica indispensable para ejercer la profesión. Como resultado, surge una peligrosa desconexión entre la velocidad de las respuestas generadas por la IA y la profundidad conceptual que exige un conflicto judicial real.

Para comprender la magnitud del problema, es necesario entender cómo funcionan las inteligencias artificiales generalistas. Utilizar una plataforma diseñada para redactar correos o resumir noticias con el propósito de construir una estrategia procesal compleja equivale a consultar a alguien que ha memorizado miles de artículos de Wikipedia, pero que jamás ha pisado un tribunal.

El derecho no consiste en acumular información o repetir textos disponibles en internet. Es una disciplina profundamente hermenéutica, basada en la interpretación de normas, la ponderación de principios constitucionales, el análisis del contexto fáctico y la aplicación de jurisprudencia relevante. Las herramientas tecnológicas de propósito general carecen de la capacidad de distinguir, por ejemplo, entre una norma vigente y una tácitamente derogada.

Este desajuste entre la naturaleza del derecho y el diseño estadístico de los modelos abiertos se manifiesta de manera crítica en el fenómeno conocido como “alucinaciones de la IA”. En términos prácticos, esto significa la generación de argumentos, normas o fallos inexistentes presentados con absoluta convicción.

Cuando estas plataformas enfrentan consultas complejas sobre legislaciones específicas, suelen completar los vacíos de información mediante probabilidades lingüísticas. El resultado son respuestas bien redactadas, pero jurídicamente falsas. El riesgo no es hipotético: existen casos documentados de abogados que han presentado escritos judiciales sustentados en jurisprudencia completamente inventada por sistemas de inteligencia artificial.

En el ejercicio profesional, un error de esta naturaleza no constituye una simple equivocación editorial. Basar una argumentación jurídica en una fuente inexistente puede representar una negligencia grave y un incumplimiento de los deberes éticos fundamentales de la profesión.

En el contexto nacional, esta realidad exige una reflexión urgente. La responsabilidad frente a los tribunales y la protección de los derechos fundamentales requieren certeza jurídica, no probabilidades estadísticas. Los sistemas abiertos, alimentados con información de la web pública sin mecanismos estrictos de validación, no pueden garantizar ese estándar.

Cuando un estudiante de derecho se acostumbra a resolver evaluaciones o elaborar documentos mediante herramientas defectuosas, no solo afecta su aprendizaje. También debilita la capacidad más importante que debe desarrollar un abogado: el criterio jurídico propio. La abogacía es una de las últimas líneas de defensa de los derechos ciudadanos, y esa responsabilidad no puede sustentarse en respuestas generadas para satisfacer al usuario antes que para verificar la verdad.

Por ello, el futuro de la práctica jurídica exige avanzar hacia herramientas especializadas y arquitecturas tecnológicas basadas en fuentes cerradas, verificables y auditables. La respuesta a los desafíos actuales no consiste en rechazar la innovación, sino en exigir soluciones tecnológicas acordes con el nivel de rigor que demanda la profesión.

Las plataformas especializadas operan mediante modelos de Generación Aumentada por Recuperación (RAG), donde cada respuesta se construye a partir de fuentes normativas y jurisprudenciales verificadas, actualizadas y supervisadas por expertos. Este enfoque reemplaza la especulación probabilística por la trazabilidad y la validación de la información jurídica.

Este cambio de paradigma es el que impulsan iniciativas como Juztina.ai, que entienden que el verdadero valor de la tecnología aplicada al derecho radica en la especialización, el control de las fuentes y el compromiso con la veracidad de la información.

La abogacía del siglo XXI no necesita sistemas que pretendan saberlo todo a costa de inventar respuestas. Necesita herramientas que fortalezcan la capacidad de análisis del profesional, optimicen los tiempos de trabajo y preserven la rigurosidad que caracteriza a la práctica jurídica.

Los centros de estudiantes, las facultades de derecho y los nuevos liderazgos tienen la responsabilidad de promover este debate y acercar a sus comunidades soluciones diseñadas específicamente para los desafíos del mundo legal. Defender una formación jurídica de excelencia implica desarrollar una visión crítica frente a la tecnología y apostar por herramientas que complementen el criterio humano, en lugar de reemplazarlo.

Elaborado por: MARC LIONEL PIFFAUT ZUCKERMANN 

Presidente del Centro de Estudiantes de Derecho (CDE) | Universidad SEK

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