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febrero 10, 2026

La inteligencia artificial cada día es más parte de la cotidianidad siendo presentada como una entidad inmaterial, pero su existencia física es pesada y costosa. Según informes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el ciclo de vida de la IA plantea un desafío ambiental crítico: desde la extracción de minerales para el hardware hasta el consumo masivo de agua y electricidad para enfriar los centros de datos. Según la Agencia Internacional de Energía la demanda de energía de este sector es tan grande que en 2024 alcanzó cerca del 1.5 % del consumo eléctrico mundial (415 TWh). Por ejemplo, el mantener activa la inteligencia artificial implica un alto costo físico: casi la mitad de la energía que consumen los centros de datos no se usa para "pensar", sino para evitar que los servidores se sobrecalienten. Esta realidad técnica explica por qué herramientas como ChatGPT son tan voraces comparadas con la tecnología anterior, llegando a multiplicar por diez el gasto eléctrico de una simple consulta en Google.
La expansión de la infraestructura necesaria para sostener la IA no es neutral. Como se analiza en la revista Avante, el desarrollo tecnológico a menudo conlleva una presión desproporcionada sobre los recursos de los países en desarrollo, donde la normativa ambiental puede ser menos estricta. Además, el ciclo de vida de estos centros de datos culmina en la generación de residuos electrónicos críticos, que liberan contaminantes peligrosos como plomo y mercurio al medio ambiente. La fabricación de semiconductores de alta potencia requiere una infraestructura industrial masiva y un gasto energético considerable, a lo que se añade la huella logística de su distribución global. Un reto crítico es la obsolescencia acelerada: la vertiginosa evolución de los modelos de IA obliga a renovar servidores cada tres o cinco años, lo que podría generar hasta 5 millones de toneladas de basura electrónica en la próxima década. Actualmente, la complejidad técnica hace que el reciclaje de estos componentes sea poco rentable, alimentando un ciclo extractivo de minerales vírgenes. Para mitigar esto, es imperativo adoptar un enfoque de economía circular que priorice la actualización modular, la reutilización de hardware en tareas secundarias y una trazabilidad ética en toda la cadena de suministro.
América Latina, por ejemplo, se ha convertido en un destino estratégico para centros de datos debido a sus menores costos, pero esto plantea interrogantes sobre la sostenibilidad local y la justicia climática. Se estima que estos centros de datos aumentarán las emisiones relacionadas de unos 180 millones de toneladas a unas 300 millones de toneladas de CO2 en 2035. Los pronósticos de los expertos dan cuenta que este consumo podría duplicarse en 2026 hasta alcanzar los 1.000 Twh (4.3%), lo que equivaldría al consumo eléctrico de un país como Japón.
Como señala el análisis de Esade (Do Better), la IA "quema" recursos a una velocidad disparatada. No obstante, este impacto no debe eclipsar el hecho de que la IA es también la herramienta más poderosa que tenemos para salvar el planeta. Gracias a su capacidad para analizar datos masivos en tiempo real, se ha consolidado como una aliada decisiva en el seguimiento de las emisiones de carbono. Iniciativas como Climate TRACE utilizan algoritmos para identificar focos de contaminación antes invisibles, permitiendo que las grandes empresas diseñen políticas ambientales basadas en datos exactos y no en meras estimaciones.
Existe una preocupación creciente entre los especialistas sobre las repercusiones indirectas del uso de la IA. Un ejemplo claro es el fenómeno del "efecto rebote" en la movilidad: la comodidad de los vehículos autónomos podría desincentivar el uso de bicicletas o transporte colectivo, derivando en un incremento neto de las emisiones. Sumado a esto, aparecen los llamados "efectos de orden superior", donde la IA podría ser manipulada para orquestar campañas de desinformación climática, erosionando la percepción pública sobre la urgencia de la crisis ambiental.
Sin embargo, para que esta ayuda sea genuinamente sostenible, esta sed energética no tiene por qué ser una sentencia de muerte para la sostenibilidad corporativa. Aquí es donde el mercado debe girar la vista hacia lo que hoy considera un "pasivo": los residuos sólidos. Al aplicar los principios de ingeniería descritos por la revista Innovación e Ingeniería, la transformación de desechos deja de ser una intención ecológica para convertirse en un proceso de alto valor agregado. En lugar de depender de una red eléctrica saturada, las empresas pueden crear micro-redes alimentadas por sus propios subproductos industriales, transformando el desperdicio en "combustible algorítmico".
La adopción de la IA no impacta a todas las empresas por igual. Harvard Business Review advierte sobre una distribución desigual de los impactos ambientales: las corporaciones que simplemente "compran" servicios de IA sin controlar su origen energético están heredando una huella de carbono ajena que penalizará su valoración. En contraste, las empresas que optan por modelos de "IA de Ciclo Cerrado" se posicionan como líderes en soberanía energética y transparencia. Un informe reciente de BCG y Google concluyó que, si utilizamos la IA para escalar estratégicamente las tecnologías existentes, podemos reducir entre un 5 % y un 10 % nuestras emisiones de gases de efecto invernadero para 2030.
Hasta hoy, la sostenibilidad y la computación de alto rendimiento han corrido por carriles separados. Mientras los departamentos de operaciones gestionan toneladas de residuos sólidos trimestrales como un costo inevitable, los departamentos de IT buscan fuentes de energía para alimentar sus servidores. El cambio de paradigma que propone el mercado en 2026 es tan radical como lógico: la conversión de los desechos corporativos en la infraestructura energética de la inteligencia. Líderes de la industria como Google toman medidas para implementar IA con conciencia ecológica a diario, utilizándola para resolver problemas climáticos a escala global.
El éxito corporativo en la era de la IA ya no se medirá únicamente por la capacidad de procesamiento de sus algoritmos, sino por la inteligencia de su infraestructura. Aquellas empresas que, inspiradas por el espíritu innovador y el savoir-faire de sus líderes, no solo sobrevivirán a la transición energética; definirán el nuevo estándar de la industria sostenible. La basura de hoy es, literalmente, el pensamiento digital de mañana. Es hora de encender la IA con nuestro propio legado.
Referencias
BCG & Girls Who Code. Eco-Conscious AI: How we can use technology to solve global problems
Cervilla, J. (2024). La inteligencia artificial: ¿aliada o enemiga del medioambiente?
Crawford, K., & Dobbe, R. (2024). The Uneven Distribution of AI’s Environmental Impacts
Domingo, M. (2025). ¿Es sostenible la inteligencia artificial?
Gómez, J. (2023). La Inteligencia Artificial y su impacto en las ciencias sociales
UNEP. (2024). AI has an environmental problem. Here's what the world can do about that
Universidad Internacional de Andalucía (UNIA). (2025). Impacto medioambiental de la IA
Elaborado por: Almendra Mendoza